Cuando el intelecto humano se convierte en el principal recurso productivo, es decir, en el verdadero fundamento de la riqueza social, no tiene ningún sentido seguir perdiendo el tiempo con la cuestión de los intelectuales.
Cuando el intelecto humano se convierte en el principal recurso productivo, es decir, en el verdadero fundamento de la riqueza social, no tiene ningún sentido seguir perdiendo el tiempo con la cuestión de los intelectuales . El pensamiento abstracto y la autorreflexión dejan de ser la orgullosa prerrogativa de un grupo social particular y constituyen, por el contrario, las herramientas indispensables de los hombres y las mujeres que se ganan el pan en las fábricas just in time, en los centros de teleoperadores y en el universo en expansión de los oficios precarios.
Llamo intelectualidad de masas al conjunto del
trabajo vivo postfordista (incluídos los inmigrantes clandestinos, claro
está), en cuanto es depositario de competencias cognitivas no objetivables
en el sistema de las máquinas. No se trata, como es obvio, de la erudicción
científica de cada trabajador individual. Las que pasan a primer plan!
o son, por el contrario, las actitudes más genéricas de la mente:
competencia lingüística, disposición al aprendizaje, imaginación.
Mientras que lo que cuenta para los intelectuales de profesión son las
obras del pensamiento (un libro, un teorema matemático, etc.), la intelectualidad
de masas tiene, por el contrario, su centro de gravedad en la pura y
simple facultad de pensar.
Facultad significa una potencia no determinada, abierta a todo
tipo de aplicaciones heterogéneas. Para comprender este punto, pensemos
en el acto por el que cualquier hablante recurre a la inagotable potencialidad
de la lengua para realizar esta o aquella enunciación específica.
La lengua como poder-decir, es lo más difundido y menos especializado
que podemos concebir.
El buen ejemplo de intelectualidad de masas lo constituye el hablante
común, no el científico ni el escritor. La intelectualidad
de masas nada tiene en común con una nueva aristocra! cia obrera ;
se sitúa en sus antípodas. El parangón con la actividad
verbal no es peregrino. Los intelectuales en sentido restringido, por cuya suerte
se apasionaron Gramsci y Sartre, han perdido todo relieve ético-político
(además de su capacidad de ejercer una función dirigente) precisamente
cuando la noción de fuerza de trabajo se ha vuelto indistinguible de
la vieja definición aristotélica de homo sapiens: animal
que posee lenguaje . La inclusión de la comunicación lingüística
en el proceso material de producción ha intelectualizado el trabajo social
y, al mismo tiempo, ha marginalizado a los intelectuales en tanto que sacerdotes
de la conciencia crítica . Conviene reconstruir brevemente,
aunque sea de modo impresionista, este paso crucial, de cuyos efectos aún
está intentando dar cuenta la teoría política.
En la época de la manufactura y, después, durante el largo apogeo
de la fábrica fordista, la actividad laboral es muda. Quien trabaja,
calla. La producción es una cadena silenciosa, en la que sólo
se admite una relación mecánica y exterior entre antecedente y
consecuente, mientras que se elimina toda correlación interactiva entre
simultáneos. El trabajo vivo, en cuanto apéndice del sistema de
las máquinas, sigue la causalidad natural con el fin de utilizar su potencia:
es lo que Hegel llamó la astucia del trabajar. Y la astucia ,
como se sabe, es taciturna. En la metrópolis posfordista, por el contrario,
el proceso de trabajo material puede describirse empíricamente como un
conjunto de actos lingüísticos, como una secuencia de aserciones,
como interacción simbólica. En parte porque la actividad del trabajo
vivo se ejerce, ahora, al lado del sistema de las máquinas, en tareas
de regulación, vigilancia y coordinación (Marx: El obrero
se coloca a! l lado de la producción directa en lugar de ser su agente
principal ), pero sobre todo porque el proceso productivo tiene por materia
prima el saber, la información, la cultura, las relaciones sociales.
Quien trabaja es (debe ser) locuaz. La célebre oposición establecida
por Habermas entre acción instrumental y acción
comunicativa (o entre trabajo e interacción) es radicalmente refutada
por el modo de producción posfordista.
El actuar comunicativo ya no tiene su terreno principal o exclusivo
en las relaciones ético-culturales, en la política y en la lucha
por el reconocimiento recíproco , ni es ajeno al ámbito
de la reproducción material de la vida. Por el contrario, la palabra
dialógica se instala en el corazón mismo de la producción
capitalista. El trabajo es interacción. Por consiguiente, para comprender
la praxis laboral posfordista, es necesario recurrir cada vez más a Saussure,
a Wittgenstein y a Quine. Aunque estos autores se desinteresaran por completo
por las relaci! ones sociales de producción, al haber elaborado teorías
e imágenes del lenguaje tienen más cosas que enseñarnos
sobre la fábrica locuaz que los sociólogos de profesión.
Cuando el trabajo ejerce funciones de vigilancia y coordinación, sus
tareas no consisten ya en la consecución de un objetivo particular sino
en modular (además de variar e intensificar) la cooperación social,
es decir, el conjunto de relaciones y conexiones sistémicas que constituye
ya la auténtica columna sobre la que se apoyan la producción
y la riqueza (Marx). Esa modulación se realiza mediante prestaciones
lingüísticas que, lejos de dar origen a un producto independiente,
se agotan en la interacción que su propia ejecución determina.
En pocas palabras: a) el trabajo fundado en la comunicación no tiene
una estructura rígidamente finalista, es decir, no está guiado
por un objetivo unívoco predefinido; b) en muchos casos, ese trabajo
no da lugar a un objeto extrínseco y duradero, y se trata más
bien de una a! ctividad sin obra. Veamos más de cerca estos dos aspectos.
El concepto tradicional de producción está intimamente unido al
de finalidad: produce quien persigue un fin determinado. Pero la solidez de
la relación trabajo-finalidad depende del carácter restringido
del trabajo; más exactamente, de la rigurosa exclusión de la comunicación
del proceso productivo. El finalismo aparece tanto más marcado e inequívoco
cuanto más se trate de una acción meramente instrumental, para
cuya definición sea indiferente el tejido de relaciones dialógicas
intersubjetivas. Viceversa, cuando se convierte en un elemento constitutivo
del trabajo, la comunicación resquebraja la connotación rígidamente
finalista del trabajo mismo. Consideremos en primer lugar el sistema de máquinas
que caracteriza al postfordismo. La máquina electrónica, a diferencia
del autómata mecánico fordista, es incompleta y, en parte, indeterminada:
no es la imitación de fuerzas naturales dadas que se someten con vistas
a un objetivo específico, sino el presupuesto de un catálogo indefinido
de posibilidades operativas. Este catálogo de posibilidades tiene que
ser articulado por un conjunto de prestaciones lingüísticas por
parte del trabajo vivo. Las acciones comunicativas, que elaboran las oportunidades
que residen en la máquina electrónica, no están orientadas
por un fin externo a la comunicación misma; es decir, no introducen un
antecedente con vistas a un consecuente, sino que tienen en sí mismas
su propio resultado. La enunciación es, al mismo tiempo, medio y fin,
instrumento y producto final. En un contexto lingüístico, las reglas
para proyectar y para ejecutar son las mismas.
Esa identidad elimina la distinción entre los dos momentos: intención
y realización coinciden. Viene a cuento recordar que la rígida
separación entre trabajo intelectual directivo y trabajo
obrero ejecutivo , en la época de la fábrica posfordista,
se sustentaba precisamente en esa distinción. Pasemos al segundo aspecto.
Ad! emás de contradecir el modelo de acción finalista, es frecuente
que el trabajo comunicativo no dé lugar tampoco a una obra autónoma
que sobreviva a la prestación de trabajo. Pues bien, las actividades
en las que el producto es inseparable del acto de producir (Marx)
-aquellas actividades que no se objetivan en un producto duradero- tienen un
estatuto borroso y ambiguo, difícil de enfocar. El motivo de la dificultad
es evidente. Mucho antes de ser englobada en la producción capitalista,
la actividad sin obra (o la actividad comunicativa) ha sido la columna de la
política. Hannah Arendt escribe: Las artes que no producen ninguna
obra tienen una gran afinidad con la política. Los artistas
que las practican -bailarines, actores, músicos, y similares- necesitan
de un público al que mostrar su virtuosismo, del mismo modo que los hombres
que actúan políticamente necesitan de otros en cuya presencia
comparecer.
Cuando no se construyen nuevos objetos, sino situaciones comunicativas,
comienza el reino de la política. El trabajo posfordista, en
cuanto trabajo lingüístico, es un trabajo que exige dotes y actitudes
anteriormente reservadas a la praxis política: relación con la
presencia de otros, gestión de un cierto margen de imprevisibilidad,
capacidad de comenzar algo nuevo, habilidad para moverse entre posibilidades
alternativas. Cuando se habla de lenguaje puesto a trabajar, el punto decisivo
no está, entiéndase bien, en el crecimiento desmedido de la industria
de la comunicación, sino en el hecho de que el actuar comunicativo
predomina en todos los sectores industriales.
Es preciso, por tanto, ver las técnicas y los procedimientos de los medios
de comunicación de masas como un modelo de valor universal, imprescindible
para analizar la producción de automóviles o del acero. Vale la
pena preguntarse qué relación existe entre los rasgos peculiares
de la industria cultural y el postfordismo en general. Como se sabe, desde Adorno!
y Horkheimer las fábricas del alma (editoriales, radio,
cine, televisión, etc.) han sido escrutadas con el microscopio de la
crítica, buscando en ellas todo lo que las hiciera parecidas a la cadena
de montaje. El punto crucial era demostrar que el capitalismo había sido
capaz de mecanizar y parcelar la producción espiritual, del mismo modo
que había mecanizado y parcelado la agricultura o la elaboración
de los metales. Producción en serie, insignificancia de la tarea singular,
econometría de las emociones y de los sentimientos: ésos eran
los estribillos habituales. Se admitía, es cierto, que algunos aspectos
de la que podríamos llamar comunicación por los medios
de comunicación se escapaba a su plena asimilación a la
organización fordista del proceso de trabajo, pero se consideraban, precisamente,
residuos sin influencia, modestos transtornos, pequeños desechos. Sin
embargo, mirando con los ojos de hoy, no es difícil reconocer que tales
residuos y desechos eran por el contrario atisbos
del futuro: no ecos de un tiempo anterior, sino auténticos presagios.
En pocas palabras: la informalidad del actuar comunicativo, la interacción
competitiva de una reunión de redacción, el sobresalto imprevisto
que puede animar un programa de televisión, en general, todo aquello
que resultaría disfuncional reglamentar más allá de cierto
umbral en la industria cultural, se ha convertido hoy, en la época postfordista,
en el núcleo central e impulsor de toda la producción social.
En ese sentido, nos podríamos preguntar si el toyotismo
no consiste, al menos en parte, en la aplicación de formas de operar
que en un tiempo sólo eran propias de la industria cultural a las fábricas
de bienes de consumo duradero.
La industria de la comunicación (o cultural ) desarrolla
un papel análogo al que tradicionalmente desarrollaba la industria de
medios de producción: es un sector productivo específico, pero
que determina los instrumentos y los procedim! ientos operativos que luego se
aplicarían ampliamente en todos los rincones del proceso de trabajo social.
La puesta a trabajar (y a producir beneficio) del lenguaje es el cimiento material
sobre el que se apoya la ideología posmoderna. Ésta, cuando examina
la metrópolis contemporánea, subraya la proliferación casi
ilimitada de juegos lingüísticos , la aparición
de dialectos provisionales, la multiplicación de voces diversas. Hipnotizados
por el murmullo generalizado, los ideólogos postmodernos proclaman una
drástica desmaterialización de las relaciones sociales y, sobre
todo, sostienen la hipótesis de un debilitamiento del dominio. A sus
ojos, la única discriminante ético-política es la que separa
la aceptación y el rechazo de la multiplicidad de jergas. El
único pecado imperdonable es querer limitar la diáspora de juegos
lingüísticos . A parte de eso, todo va bien. La pluralidad
de modos de decir conllevaría de por sí un efecto de liberació!
n al hacer evaporarse la ilusión de una realidad unívoca y coercitiva.
En sentido propio, real es sólo aquello que de vez en cuando
resulta del cruzarse de diferentes interpretaciones.
Fijémonos en que la satisfecha infatuación por la pluralidad de
discursos introduce en la comunicación todos los mitos que el liberalismo
creó a cerca del mercado. La comunicación centrífuga, alimentada
por innumerables locutores independientes, es alabada con los mismos argumentos
que en tiempos se dedicaban a la libre circulación de mercancías:
el Edén de los derechos , el reino de la igualdad y del
recíproco reconocimiento. Pero, ¿de verdad la multiplicidad debilita
el dominio? Nadie es más consciente del carácter hermenéutico
de la verdad y de la variabilidad de cualquier interpretación que los
agentes de bolsa. ¿Basta eso para eliminar cualquier objeción
a su forma de vida? El signo distintivo de la metrópolis contemporánea
no es tanto el pulular de jergas sino la plena identidad entre producción
material y comunicación lingüística. Esta identidad
explica e incrementa ese pulular. Pero esa identidad no tiene nada de liberador.
Al contrario de lo que sugiere el estribillo postmoderno, la coincidencia
entre trabajo y comunicación no atenúa sino radicaliza las antinomias
del modo de producción dominante. Por un lado, la actividad
laboral es cada vez menos medible por medio de unidades abstractas de tiempo,
ya que incluye elementos que hasta ayer pertenecían a la esfera del ethos,
del consumo cultural, de los gustos estéticos o de la emotividad. Por
otro, el tiempo de trabajo sigue siendo la medida socialmente vigente.
De modo que los múltiples juegos lingüísticos ,
hasta los más excéntricos, están siempre a punto de convertirse
en nuevas tareas o en apetecibles requisitos para las viejas.
Cuando el trabajo asalariado podría ser suprimido al constituir ya un
coste social excesivo, precisamente en! tonces el mismo hecho de tomar la palabra
es incluido en su horizonte. El lenguaje se presenta, al mismo tiempo, como
el terreno del conflicto y lo que está en juego. Hasta el punto
de que libertad de lenguaje, en un sentido menos paródico que el liberal,
y abolición del trabajo asalariado son hoy sinónimos. La
posición crítica debe tener esta radicalidad, si no quiere quedarse
en un refunfuñar resentido. Por un lado, no se puede poner en
cuestión el trabajo asalariado sin introducir una idea potente de libertad
de lenguaje; por otro, no es posible invocar seriamente la libertad de lenguaje
sin proyectar la supresión del trabajo asalariado.
Traducción del italiano: Manuel Aguilar Hendrickson
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