Imperio, segundo libro de la dupla Hardt-Negri Una lectura crítica del tratado de Hardt y Negri, a la luz del convulsionado clima argentino
IMPERIO de Michael Hardt y Antonio Negri 2º libro de la dupla Negri-Hardt. Junto a Paolo Virno, Hardt, discípulo de Fredric Jameson, publicó la antología "Radical Thought in Italy". Paidós. 432 páginas. $ 35 Por Bruno Bosteels
Parece demasiado temprano con mayor razón desde afuera
para interpretar en términos de historia de la filosofía política
lo que pasa en las calles de la Argentina y que llega al extranjero, simplificado
en los relatos televisivos. Algo está ocurriendo que sólo parece
escapar a la clase política. A menos que el observador quiera revivir
viejas ortodoxias, todavía falta el aparato conceptual para registrar
las formas de fidelidad a aquello que vemos. Algunos han leído ese presente
a la luz del concepto de "multitud" tal y como lo desarrolla Paolo
Virno en su Gramática de la multitud, aún no editado en castellano.
Ahora, el público argentino tiene acceso al libro Imperio, escrito por
el joven crítico literario Michael Hardt junto con el filósofo
italiano Toni Negri. En cierto sentido, este libro es la contraparte del mencionado
antes. Su contraparte pero también su complemento.
Hay una relación de reciprocidad y resistencia a la vez entre la multitud
y el nuevo concepto de imperio tal como lo reformulan Hardt y Negri en su libro,
editado por Harvard University Press en el año 2000. Además de
conjugar ideas ya conocidas sobre globalización y posmodernidad en una
suerte de enciclopedia universal de la época contemporánea, presentan
variaciones sobre un tema brutalmente simple, aun si sus implicaciones políticas
como ellos mismos son los primeros en admitir pueden no ser tan
claras: al concepto moderno de soberanía nacional, con sus expansiones
imperialistas a lo largo de los siglos, sucede desde hace algunas décadas
un nuevo tipo de soberanía que ya no está ligado al Estado-nación,
sino que se extiende uniformemente por toda la tierra como una soberanía
imperial.
No imperialista, sino imperial: este cambio de adjetivo, para los protagonistas
de las revueltas en el mundo entero, puede parecer una cuestión puramente
escolástica. Hardt y Negri, sin embargo, también están
pensando en nuevos tipos de movilización. En su ambicioso recorrido de
la filosofía política moderna sientan las bases para un concepto
nuevo del poder autónomo de la multitud, creando lo que podríamos
llamar un materialismo herético, inmerso en el mundo como puro azar e
inmanencia. No sólo reinterpretan las etapas del constitucionalismo estadounidense,
sino que, además, intentan construir una filosofía política
coherente a partir de Maquiavelo, Spinoza y Marx. Finalmente, en una serie de
episodios más libremente especulativos, proponen una compleja analogía
con la situación del primer cristianismo en medio del imperio romano.
San Agustín, con la idea de las dos ciudades, sirve así de modelo
para gran parte del libro. Con la diferencia crucial de que Hardt y Negri van
en busca de la ciudad terrestre, en contra de la trascendencia de la ciudad
de Dios.
Lo que define al imperio de nuestros tiempos es algo que los autores, retomando
una noción de Michel Foucault, describen como "biopoder". Significa
que el capitalismo tardío se infiltra en todas las esferas de la actividad
humana, borrando las separaciones entre lo económico y lo cultural, entre
trabajo material y trabajo inmaterial. Hoy el régimen de poder del imperio
controla directamente la vida misma. Si anteriormente el imperialismo se definía
por la opresión y la disciplina jerárquica de territorios y poblaciones,
en cambio hoy el imperio se caracteriza por la creciente integración
y el control flexible de nuevas zonas de interés. El diagrama de la sociedad
imperialista tomaba la forma panóptica de una cárcel, separando
el adentro y el afuera según el ejemplo descrito en Vigilar y castigar
por Foucault; el del nuevo imperio, por el contrario, sigue la fluctuación
incesante del mercado, como una red con múltiples entradas y líneas
de fuga, siguiendo el mapa trazado en Mil mesetas por Deleuze y Guattari.
La nueva forma de soberanía no sólo cancela la dialéctica
del interior y el exterior que define al Estado moderno, confundiendo su doble
función de policía adentro y ejército afuera, sino que,
además, le quita de antemano cualquier eficacia a una lucha política
que se definiera táctica o estratégicamente a partir de semejantes
categorías, hoy supuestamente obsoletas. "Al imperio no se lo puede
resistir con un proyecto dirigido hacia una autonomía limitada o local",
advierten Hardt y Negri: "A la globalización debe responderse con
una contra-globalización, al imperio con un contra-imperio".
Frente a la lógica imperial pero desde el interior mismo de su funcionamiento
liso, surge el espectro de la multitud. Mejor dicho, el imperio desde siempre
ha sido un intento imposible de controlar la creatividad, la movilización
y los deseos de la multitud. Multitud cuya fuerza vital debe considerarse absolutamente
anterior a todos los proyectos de mediación por el poder constituido,
sea en términos de mercado y globalización o, previamente, como
pueblo y nación. De esta fuente inagotable brota lo que yo llamaría
el optimismo político-ontológico de Hardt y Negri: "Las fuerzas
creativas de la multitud que sostienen al imperio también son capaces
de construir autónomamente un contra-imperio, una organización
política alternativa de flujos e intercambios globales".
Retomando la posible pertinencia de este libro a la actualidad argentina, nunca
puede ser cuestión decidir si es aplicable el pensamiento previo de un
filósofo político. Y poco o nada importa que éste sea nativo
o no, si toda la filosofía política se define felizmente
por ser tardía y ajena al proceso de la política como pensamiento.
Al contrario, veamos qué instrumentos debe elaborar la filosofía
para acoger en su seno lo que está pasando en las calles como una nueva
figura del presente. Primero, hace falta reconstruir la genealogía completa
del concepto de la multitud. La novedad de este actor resulta ser cuestionable.
De Rousseau a Mao, las ma sas siempre han marcado el punto de irrupción
de una política verdadera. ¿Cómo se articula entonces la
multitud, no sólo con las ideas de pueblo y nación, sino también
con los conceptos de masas, clases y partido? La hipótesis sería
que la multitud presenta hoy a las masas sin clase, con la gente siendo una
versión moralizada de la muchedumbre, mientras que la izquierda suponía
siempre que el partido organizara a la masa en pueblo.
Segundo, cabe preguntarse si la multitud no corre el riesgo de convertirse
en el lema de un izquierdismo anárquico, a menos que dé lugar
también a nuevas formas de organización duradera, en una serie
de apuestas no partidarias sobre la capacidad de pensamiento de las masas. Aquí
es donde el debate actual en torno a las asambleas, los piquetes y los cacerolazos
cobra todo su valor. ¿Estas figuras "reviven" la democracia
directa? ¿Marcan el "fin" de la política, si por ella
entendemos el capitalo-parlamentarismo global? La hipótesis sería,
más bien, que indican el principio de una nueva secuencia política,
con el cierre y el agotamiento del partido como forma privilegiada que dominaba
la política a lo largo de dos siglos. Hardt y Negri apenas aluden a esas
preguntas en su conclusión: "Lo que debemos captar es cómo
la multitud es organizada y redefinida como un poder positivo, político".
Imperio, mientras tanto, no pretende ser una enésima versión
mesiánica del paso por el infierno por el régimen del imperio
para desembocar en la salvación en el poder de la multitud .
Aun así, el libro no evita siempre las trampas de la buena mala conciencia
que en los años sesenta se discutía como la dialéctica
del alma bella. Al oponer la fuerza autoconstituyente de la multitud a la mediación
del imperio, por más flexible que sea éste, los autores finalmente
no hacen sino renovar un esquema harto familiar que contrasta la pureza insurreccional
con el poder igualmente puro del orden establecido. La contraposición
entre imperio y multitud asimismo parece retomar dualismos anteriores entre
capital y trabajo, o entre orden y anarquía: lo que gana este esquema
en radicalidad especulativa, lo pierde sin embargo en eficacia específica
para pensar la situación política que nos toca vivir.
Bruno Bosteels es especialista en literatura latinoamericana y Director
de Estudios de Grado en Columbia University.
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